La piscina del Patronato de Deportes de Algeciras es especial. Lo es porque a la vez que piscina funciona como discoteca. Imagino que una de las cualidades que deben tener los socorristas es saber pinchar discos. Eso y saber jugar al escondite, ya que cuando uno los busca nunca los encuentra.
Nadar a ritmo de sevillanas, dance o comparsas es lo habitual. Supongo que para decidir el tipo de música que ponen habrán hecho una encuesta a los usuarios. No es mi caso. Los que me conocen saben que si hubiese participado en esa encuesta imaginaria hoy escucharíamos a Barney Kessel, Bill Evans, Antonio Carlos Jobim, Yves Duteil, Charles Aznavour, Electrohúmedos, Daniel Mata en el callejón del gato y otros tantos... en bañador.
Me imagino al tipo detrás de su ventana, mirando el reloj, deseando que llegue el momento de volver a casa, como le ocurre a cualquier trabajador (o casi), y lo entiendo; comprendo que se lance sobre el ordenador y abra Spotify (con publicidad incluida) para reproducir la música que más le gusta (a él y probablemente a muchos de los que nadan en la piscina) y poder así pasar mejor el rato hasta que llegue el ansiado momento.
A veces sueño con llamar su atención, hacerle gestos desde lejos, fingir que me ahogo para comprobar si está atento, o simplemente acercarme para pedirle que elija a uno de los músicos que me gustan. Pero no me atrevo -siempre he sido muy tímido- y en bañador aún menos...
Cada vez que salgo de la piscina mi cuerpo me lo agradece, pero mi cerebro se venga repitiendo una y otra vez la canción que menos me gusta entre las que el disc-socorrista pinchó esa tarde. Lo peor es que el cansancio físico que me provoca este estado me obliga a volver a la piscina para recuperarme. Y allí está de nuevo él, con su camiseta de disc-socorrista y su discurso preparado para soltar el sermón cuando no respetes alguna de las normas de la piscina.
La música que pinchan en la piscina municipal de Algeciras es institucional, igual que lo son la Semana Santa, la Feria, la Nochebuena, la Nochevieja y El Rocío. Como diría mi amigo Olivier, es lo que hay.

