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Ruido con respeto

 Todos hacemos ruido en casa. Algunos más que otros. Hace unos meses nos mudamos de un piso donde el ruido llegó al límite. Se escuchaban todos los movimientos, por pequeños que fuesen, de cualquiera de sus 44 pisos. 

 No sé si alguna vez habéis pensado en el ruido que hacen unos pies descalzos andando a toda pastilla por la casa. Tengo ese ruido metido en el cerebro. A veces la gente piensa que por andar descalzos no molestan. Esa gente no sabe andar descalzo.

 El problema no es el ruido, es la persona que lo hace. La solución no es dejar de hacer el ruido, es aprender a hacerlo con respeto. 

 En nuestro apartamento actual hay dos tipos de ruido irrespetuoso: 

- el de la vecina de arriba con sus tacones. Desde que vivimos aquí no usamos despertador. 

- el del resto de los vecinos. Cuando salen por la puerta del garaje no la sostienen y el portazo se siente en todo el piso.

 Muchas veces he pensado en poner un cartel, algo tipo NO DEN PORTAZOS, SUS VECINOS SE LO AGRADECERÁN.

 Siempre me he preguntado si el ruido que causamos nos molesta a nosotros mismos. Y la respuesta a la que siempre llego es que normalmente es un ruido que hacemos cuando no nos molesta, en un momento en que no lo sufrimos. Nuestros vecinos, cuando cierran la puerta del garaje, tienen prisa. Entonces no lo piensan. Además ellos no están en sus casas, como muchos otros, quizá aún en la cama porque son jubilados, están enfermos o lo que sea (no siempre hay que justificarse), pero nadie piensa en ellos.

Los sonidos de la ciudad

 Cada ciudad tiene unos sonidos propios. Los que más me llaman a mí la atención de Algeciras son las gaviotas por la mañana, los claxons de los coches a cualquier hora, la cancela del edificio en el que vivo porque retenerla debe ser muy complicado y los muebles, taconeo y demás ruidos de los vecinos de arriba.

 El sonido de las gaviotas es quizá el más representativo de la ciudad. Al menos es un síntoma de la presencia de la naturaleza en esta ciudad tan salvajemente industrializada. 

 Los claxons de los coches es uno de los más desagradables, pues suelen ser repetitivos e innecesarios. Demuestran la falta de sensibilidad (y de respeto) de la persona que los hace, o quizá también la holgazanería, pues bajarse de un coche para llamar al timbre debe ser muy duro... ¿Estas personas no tienen móviles?

 Lo de la cancela del edificio es una lucha perdida. Claro, que es una lucha más bien interna, porque tendría que pelearme con medio edificio para que cesara este ruido. Uno puede estar de pie junto a la entrada y el vecino que sale deja ir la cancela como si no hubiese nadie y, de pronto, sientes el portazo en tu oído como un cohete inesperado para festejar alguna tradición popular. 

 Los ruidos de los vecinos de arriba sí que es una lucha real. Empezaron al poco de llegar aquí: muebles arrastrados a casi cualquier hora, gritos de mayores y niños y tacones insaciables recorriendo el piso hasta la extenuación. A veces me cruzo con el padre en el ascensor y le hablo, a ver si consigo caerle bien y así se solidariza con la situación. La hija, desde hace unas semanas, nos pone mala cara.

El árbol del Parque María Cristina

 En el parque María Cristina hay un roble dedicado a Gregorio Ordóñez, asesinado por ETA en 1995. Lo plantó Iñaki Gabilondo. Lo descubrí ayer, por casualidad, paseando por el parque. Vi este árbol y, al acercarme, me di cuenta de que había un inscripción al pie, casi inapreciable, como mucho de lo importante de esta ciudad. 

 Que un periodista conocido plante un árbol, aún en homenaje a una personalidad política que perdió su vida en defensa de la libertad -o de cierta libertad-, más allá de su color político, no deja de ser un acto simbólico y de importancia relativa. En cierto sentido, es como un autógrafo en un libro o en un disco de un autor o músico al que admiramos. Con el tiempo olvidamos que ese mensaje reposa en la primera página del libro o en la portada del disco que tanto escuchamos en su momento.