Hace poco tiempo asistí a un acto por la tercera República en la Plaza Neda. Había representantes del Ateneo Republicano del Campo de Gibraltar y otras personas que iban en nombre propio. Hubo música y un recital poético. En realidad, me perdí todo esto porque llegué al final, cuando ya estaban recogiendo.
Cuando ya estaba todo recogido, un grupo de personas decidimos ir a tomar algo. El ambiente era festivo y había ganas de cantar. Un hombre llevaba una guitarra. Al llegar al bar sacó el instrumento y acompañó a otra persona en varias canciones. Había más gente en la terraza y de repente pasó algo... esperado. El camarero pidió que dejaran de cantar y tocar porque la policía no lo permitía y sería él quien cargaría con las consecuencias legales.
Esto es lo que pasa en esta parte del mundo, y seguramente en muchas otras. Reconozco que yo mismo me sentía un poco "violento" cuando empezaron a cantar por los demás, porque yo no participé en este "acto subversivo", por vergüenza, algo personal, nada que ver con mi opinión sobre el asunto. Cantar en un bar sin permiso oficial es ilegal, aunque sea algo espontáneo y dé vida a la gente, algo compartido y sin control de la autoridad. Llevar el móvil a toda pastilla en el metro o en el autobús, gritar a pleno pulmón el número del cupón del día hasta quedarse afónico, salir con el coche a tocar el claxon por toda la ciudad cuando gana tu equipo de fútbol... Esas actos se permiten y se comprenden porque están institucionalizados. Nos tienen que llevar de la mano de lo oficial para que nos sintamos seguros y protegidos.