En la parada de autobús

 Cuando uno sale de casa pueden pasar mil cosas. Aquella mañana pude elegir entre ir al hospital en coche o en autobús. Me habían hablado muy mal del servicio de autobuses urbanos y quise probarlo. Para asegurarme de que la parada era la correcta decidí ir el día anterior por la tarde. Cuando llegué, bajo la marquesina, junto al parque, había un hombre esperando. No había información alguna sobre los autobuses que se podían tomar allí, ni horarios, nada. Junto a la parada, un panel electrónico marcaba una hora incorrecta y la temperatura.

 Me quedé mirando aquel aparato como si fuese a aparecer en algún momento la información que esperaba. No fue así. Tras unos minutos, decidí preguntar al señor que esperaba si allí paraba el autobús número 4. A lo cual me respondió que él lo estaba esperando pero que no sabía cuándo iba a pasar, porque todo funcionaba así en "este pueblo de mierda". Le di las gracias y me marché. 

 Una vez en casa, busqué en Internet la página de CTM, la empresa que gestiona y ofrece el servicio urbano de autobuses de Algeciras y La Línea. Pero algo sorprendente ocurrió: Google me avisaba de que era una página peligrosa que podría dañar mi ordenador y que podría visitarla bajo mi responsabilidad. Añadía una estadística de los daños causados en los últimos tres meses. Aquella información me dejó de piedra. Abochornado pero insistente, probé de nuevo con otra búsqueda hasta dar con el sitio correcto. Era el mismo que el anterior, salvo que no había aviso alguno de peligro. Lo único que saqué en claro es el número de teléfono de la empresa para averiguar qué autobus me llevaría al hospital.

 Al día siguiente me dirigí a la parada para tomar el autobús. Mientras esperaba, una señora mayor se situó en el ángulo de la marquesina. Una joven que se encontraba sentada a mi derecha, le preguntó su nombre y si aún seguía con su tío (el tío de la joven). La señora respondió que había roto con él porque "tenía muchos pantalones". Más tarde añadió que había estado casada 34 años y que ya no era capaz de aguantar. La joven le comentó que hacía mucho tiempo que no veía a su tío y se empeñaba en hacerle preguntas a la señora sobre su estado. Ante tantas preguntas, la señora parecía contrariada, mostrando signos evidentes de no querer hablar más de este señor "con tantos pantalones".

 Aquel día me alegré de no haber ido en coche al hospital. Ambos encuentros me hicieron pensar. Además pude comprobar que el servicio urbano de autobuses, pese a un pequeño retraso, no es tan malo como me dijeron. 

No es fácil

 La experiencia que narro a continuación pudo haber ocurrido en cualquier lugar. Que ocurriese en Algeciras fue casualidad. Los hechos que voy a contar no pretenden por lo tanto definir el carácter o forma de ser de los algecireños, si es que existe un carácter propio de éstos. 

 Con esta nueva sección pretendo contar las experiencias que he vivido con ciertas personas en Algeciras, independientemente de su nacionalidad, color, religión, creencias varias, etc.

 Estábamos cenando en el bar de siempre (ya es hora de ir cambiando) cuando una señora que iba caminando no muy lejos de nuestra mesa (estábamos, pues, en la terraza) recibió un balonazo en la cara. El impacto debió de hacerle mucho daño y, aunque no perdió el conocimiento, sí estuvo un buen rato mareada. 

 Este hecho en sí no hubiese tenido especial relevancia sin lo que ocurrió a continuación del incidente. El culpable de todo fue un niño de unos 4 ó 5 años que jugaba al balón mientras sus padres ocupaban otra mesa en el mismo bar que nosotros. Un hombre que acompañaba a la señora impactada se acercó a la familia del chaval para informarle de lo ocurrido y del dolor que había causado el balón a la pobre mujer. 

 Ante tan "grave acusación" el padre del chico, muy a la defensiva como era de esperar, le dijo al hombre que era sólo un niño y que no pasaba nada. Todo ello sin levantarse de la mesa, sin pedir disculpas. Se limitó a preguntar si le había hecho daño, algo que era más que evidente.

 No es la primera vez que veo actitudes como esta en la gente. Cuando nuestros hijos se equivocan, lejos de hacerles reconocer su error, los protegemos para que no se sientan mal. Pero, ¿a quién estamos protegiendo realmente? ¿Quizá a nosotros mismos como padres? En mi opinión el padre del pobre chaval sintió vergüenza y no supo cómo actuar. Quizá otros pensarán precisamente que no tuvo vergüenza para decir lo que dijo, y no les falta razón.

 De todo esto saco una clara conclusión: no somos capaces de asumir nuestros errores con naturalidad y respeto por nosotros mismos y por los demás. Creemos que pedir perdón cuando nos equivocamos es rebajarnos, no aceptamos que hemos causado dolor al otro. El chico que lanzó el balón donde no debía sin querer no aprendió la lección cuando tuvo la oportunidad. Otro día será...