Hacer la compra es una actividad cotidiana que puede hacerle a uno vivir cosas que no esperaba. Cerca de la plaza Menéndez Tolosa han abierto hace unos meses una frutería. Ayer fui a comprar unos tomates y un aguacate. Estaba lloviendo y al llegar no había clientes esperando. Sólo una señora mayor estaba sentada junto a la columna, donde publican las ofertas de la semana, como esperando algo o a alguien, o quizá sólo esperando a que pasara el día.
Al llegar solté el paraguas en el suelo y dije "buenos días". El dependiente estaba de espaldas al mostrador, ordenando el género. La señora me miró con cara desconfiada y me dijo: "¿se puede decir buenos días?". En ese momento recordé fugazmente una historia que me contaba mi padre sobre sus experiencias en la empresa donde trabajó durante 30 años. Por la mañana llegaba y decía "buenos días" en voz muy alta para que todo el mundo lo escuchara y le respondiese. Aún así, seguro que alguno no le haría caso.
Reaccioné inmediatamente y dije a la señora: "sí he dicho buenos días, lo que ocurre es que soy muy discreto y lo he dicho muy bajito". A esto la señora volvió a decir, "pero, ¿debemos decir buenos días o malos días?". Enseguida comprendí que se refería al tiempo, ya que lleva varios días lloviendo sin parar.
A veces comprendemos mal a los demás, no les dejamos que se expliquen o ellos no quieren hacerlo.
Estas son cosas que pasan en las tiendas de barrio donde, a diferencia de los grandes supermercados, aún se puede conversar con el resto de clientes y trabajadores.