Con esta nueva sección pretendo contar las experiencias que he vivido con ciertas personas en Algeciras, independientemente de su nacionalidad, color, religión, creencias varias, etc.
Estábamos cenando en el bar de siempre (ya es hora de ir cambiando) cuando una señora que iba caminando no muy lejos de nuestra mesa (estábamos, pues, en la terraza) recibió un balonazo en la cara. El impacto debió de hacerle mucho daño y, aunque no perdió el conocimiento, sí estuvo un buen rato mareada.
Este hecho en sí no hubiese tenido especial relevancia sin lo que ocurrió a continuación del incidente. El culpable de todo fue un niño de unos 4 ó 5 años que jugaba al balón mientras sus padres ocupaban otra mesa en el mismo bar que nosotros. Un hombre que acompañaba a la señora impactada se acercó a la familia del chaval para informarle de lo ocurrido y del dolor que había causado el balón a la pobre mujer.
Ante tan "grave acusación" el padre del chico, muy a la defensiva como era de esperar, le dijo al hombre que era sólo un niño y que no pasaba nada. Todo ello sin levantarse de la mesa, sin pedir disculpas. Se limitó a preguntar si le había hecho daño, algo que era más que evidente.
No es la primera vez que veo actitudes como esta en la gente. Cuando nuestros hijos se equivocan, lejos de hacerles reconocer su error, los protegemos para que no se sientan mal. Pero, ¿a quién estamos protegiendo realmente? ¿Quizá a nosotros mismos como padres? En mi opinión el padre del pobre chaval sintió vergüenza y no supo cómo actuar. Quizá otros pensarán precisamente que no tuvo vergüenza para decir lo que dijo, y no les falta razón.
De todo esto saco una clara conclusión: no somos capaces de asumir nuestros errores con naturalidad y respeto por nosotros mismos y por los demás. Creemos que pedir perdón cuando nos equivocamos es rebajarnos, no aceptamos que hemos causado dolor al otro. El chico que lanzó el balón donde no debía sin querer no aprendió la lección cuando tuvo la oportunidad. Otro día será...